Londres es mágico. Más para nosotros que lo elegimos como destino para realizar nuestra primera experiencia europea. Fueron siete días inolvidables, en los cuales aprendimos mucho sobre la cultura local, disfrutamos sus paisajes y hasta celebramos un aniversario. 

Quienes nos lean por primera vez deben saber que somos viajeros de Buenos Aires, Argentina. Cruzar el mundo para visitar la capital de Inglaterra no es algo de todos los días, por eso aprovechamos desde el primer al último segundo. 

Tras años de planificación y comparar precios, todo estaba preparado. ¿Hotel? Reservado. ¿Avión? Boletos listos. ¿Ganas de viajar? Inexplicables. 

La primera anécdota del viaje

Sábado 23 de febrero de 2019. Había llegado el momento tan esperado. Las mochilas fueron armadas con anticipación y solo teníamos que realizar un viaje de 20 minutos hasta el Aeropuerto de Ezeiza. Por suerte queda cerca. 

Cuando se cumple un sueño, es normal que los nervios estén a flor de piel y que nos lleven a situaciones tensas, hoy recordadas como anécdotas. 

Nuestro vuelo salía a las 11.30 y queríamos estar dos horas antes en la terminal aérea. Cuando amanecimos esa mañana, chequeamos todo y ahí fue cuando notamos que el vuelo se había adelantado dos horas. 

Con temor a perderlo, salimos de casa a las corridas para llegar cuanto antes. Resulta que miramos en el lugar equivocado de la pantalla porque el avión llegaba a las 9 de la mañana, pero recién despegaba a las 11.30. Tal cual estaba anunciado. 

¡A cruzar el Atlántico!

Y así fue como nos quedamos parados en el hall principal, cuatro horas antes de la partida. Por suerte el Aeropuerto de Ezeiza es grande, así que utilizamos el tiempo para caminar un rato y desayunar. 

Todo salió de maravilla. Cuando nos quisimos dar cuenta ya estábamos sentados en las butacas del moderno Boeing 787-9 el Dreamliner, operado por Norwegian Air UK. Una aerolínea low cost pero con todos los servicios, beneficios y comodidades de las convencionales. 

La experiencia fue fenomenal. Nos perdimos el paisaje del recorrido porque nuestra hilera de asientos era la única que no tenía ventanilla. Sin embargo, la mitad del viaje se realizó de noche y a más de 12 mil metros de altura. No se iba a poder ver mucho. 

Dormir después de cenar hubiese sido una gran opción, pero la mezcla de ansiedad y emoción no lo permitió. Fueron 13 horas con los ojos abiertos. 

Parados en suelo europeo

Tal cual estaba estipulado, el avión aterrizó a las 3.30 de la mañana en el Aeropuerto London Gatwick. ¡No lo podíamos creer!

Esta terminal aérea no es la principal de la ciudad y está a 50 kilómetros del hotel que seleccionamos. La distancia, sumada al horario, nos permitió hacer con tranquilidad los trámites de aduana y hasta cambiar la moneda. Llevamos dólares pero en Londres todos se manejan con la libra esterlina. 

Claro que son dos actividades sumamente frecuentes, pero para nosotros era todo nuevo y a eso se le suma el idioma: tenemos un nivel básico de inglés. 

Camino al centro de Londres

Entre idas y vueltas el reloj marcó las 7 de la mañana. Salimos de la terminal para dirigirnos a las paradas de autobuses donde había estacionado la unidad de National Express que habíamos reservado desde Argentina. 

Había poca gente pero el aeropuerto está preparado para recibir a miles de personas. Fue por eso que al momento de ubicar la parada, encontramos un sin fin de espacios disponibles. 

Por suerte en el lugar hay un trabajador que nos guió hasta el lugar donde estaba nuestro transporte. 

Ah, me olvidaba. Segunda anécdota: en la mano teníamos el comprobante para justificar que habíamos reservado dos asientos pero no hicieron falta. El hombre nos creyó sin mirarlo. Fueron las primeras pistas para tomar conciencia de que estábamos muy lejos de casa. 

La segunda etapa del viaje rumbo al centro de Londres fue muy linda. Sorprendidos por las diferencias en las formas de conducir, disfrutamos del paisaje. El autobús realizó paradas intermedias en muchos pueblos. 

Con sueño… pero felices

Cuando ingresamos al centro de Londres, nos acomodamos para descender en el sitio correcto. Ya lo habíamos chequeado con ayuda del Google Maps y nada podía salir mal, pero…

Al subir, conversamos muy brevemente con el chofer y acordamos que nos avisaría cuando llegue a nuestra parada (o eso creímos). Mas tarde frenó en el sitio indicado y sabíamos que bajar era el siguiente paso, pero como no escuchamos al conductor, dudamos y nos desviamos. 

Esta anécdota, que podría ser la tercera compartida, continúa. En nuestra mente el autobús realizaría un corto trayecto hasta la siguiente parada, pero no. Condujo sin detenerse hasta la Estación Victoria, ubicada a 3,2 kilómetros del hotel. 

Luego de tanto viaje, el sueño se hizo presente. De todas formas no nos importó porque estábamos muy felices. 

El camino hasta el hotel lo podríamos haber realizado en transporte público, pero queríamos caminar. Paso a paso nos dimos cuenta que habíamos ingresado al barrio Westminster: el lugar donde está la famosa Abadía, el Parlamento, la torre del Big Ben (en restauración) y el histórico puente que cruza el Río Támesis.

Trekking londinense

Todos los sitios mencionados fueron incluidos en nuestra caminata. Al menos para verlos por fuera, tomar fotos y conocer un poco más sobre todas las leyendas que recaen en ellos. 

Una vez que cruzamos el Támesis, descubrimos la icónica London Eye (vuelta al mundo), emplazada en el parque Jubilee Gardens. Era real. Todo lo que durante décadas apreciamos por fotos, era real. 

En este pulmón verde descansamos algunos minutos y a las 12 del mediodía nos paramos para completar el último tramo del mini trekking hasta el hotel. El check-in había sido pautado para las 15, pero tuvieron la amabilidad de recibirnos antes. 

A puro lujo, en el corazón de la ciudad

Marlin Waterloo es todo lo que un viajero necesita para disfrutar su estadía en Londres. El hotel cuatro estrellas se encuentra en pleno centro, a pasos de la estación Lambeth North (metro) y a 500 metros de la estación ferroviaria Waterloo (la más transitada de Reino Unido). 

Queda claro que su posición en el mapa es ideal, pero no es lo único a su favor. El hotel es accesible y tiene muy buenas instalaciones. Se encuentra dividido en dos cuerpos y nuestra habitación está en el más alto, por eso las vistas desde la ventana son hermosas. 

¿Y su atención? Excelente. Primero nos ayudaron con el depósito de garantía. La tarjeta de crédito que habíamos llevado era internacional, pero en aquel momento todavía no contaba con la tecnología del chip. Al ser con cinta, no podíamos abonar. Sin embargo, desde el hotel nos tomaron dinero en efectivo y lo guardaron bajo siete llaves. 

Por otro lado, también nos dieron una mano con la habitación. Resulta que desde Buenos Aires solicitamos una con cocina para preparar algunas comidas en el hotel y no gastar de más, pero luego de ingresar, notamos que no tenía dicho espacio. 

Resulta que las fotos de la promoción estaban mal. Creímos que habíamos adquirido una estadía en la habitación equipada con cocina, pero en realidad no estaba incluida. 

¿Qué ocurrió? El personal del hotel comprendió lo que había sucedido y nos invitaron a instalarnos en otra, donde sí había una cocina. Todo el cambio sin ningún costo adicional. Increíble. 

A dormir con una sonrisa en la cara

Tras las aventuras vividas, la tarde se presentó mucho más tranquila. Descansamos en el hotel, nos dimos un buen baño y realizamos un breve paseo nocturno por el barrio para disfrutar la primera noche. 

A metros del Marlin Waterloo hotel hay cientos de comercios. Ingresamos a un supermercado para comprar algo de cenar, subimos a la habitación para utilizar la famosa cocina y nos fuimos a dormir. 

Aún quedaba mucho por disfrutar en Londres, pero para asimilar tanta belleza, lo mejor es estar bien despiertos.