Y así fue como el viaje de mis sueños llegó a su fin. En un abrir y cerrar de ojos había atravesado miles de emociones en tan solo seis días recorriendo Santiago de Chile y Valparaíso. 

Después de haber caminado tanto, creí que la mejor manera para despedirme era con un nuevo trekking y no dudé un segundo en realizarlo. Aquel 12 de enero me levanté bien temprano, desayuné y dejé por unas horas el hostel dado que tenía todo el paseo planificado. 

Otro viaje a Viña del Mar

Solo estuve tres días en Valparaíso y el tiempo me alcanzó para viajar tres veces a Viña del Mar. Ese sabado por la mañana sería la última vez, así que solo me concentré en disfrutar. 

Desde Casa Lastra salí caminando hasta la Estación Francia. Llegó rápido el metro y comencé la primera etapa del viaje hasta la famosa ciudad, conocida por su Reloj de las Flores. 

Al poco tiempo que la formación se metió bajo tierra, descendí en la Estación Miramar y desde ahí emprendí un trekking fabuloso. ¿A dónde quería llegar? Obvio que a las fabulosas Dunas de Concón. 

A recargar energías para continuar

Caminando por una hermosa calle arbolada encontré el restaurante “La Flor de Chile” que recién estaba colocando sus mesas sobre la vereda. Me convertí en el primer cliente del día. 

No fue el sitio más económico que visité, pero decidí gastar un poco de más para comer rico y así fue. Faltaba poco tiempo para regresar a casa y, como administré bien la plata durante todo el viaje, llegué sin problemas al último día. 

Lo anecdótico es que pedí una milanesa “a lo pobre” pensando que era la opción menos abundante pero… terminó siendo la más grande. El trozo de carne empanada escapaba los límites del plato, cargado también con una porción enorme de papas fritas y 2 huevos fritos. 

Sinceramente pensé que no lo iba a poder terminar, pero me relajé y solo dejé las migas. Después de pagar intenté seguir caminando con el mismo ritmo pero el sueño me obligó a bajar la intensidad. 

Un ratito de playa nunca viene mal

Tenía todo el día por delante así que no me apuré en ningún momento. Recuerdo que atravesé parte del centro hasta llegar a la Playa Acapulco y desde ese punto, luego de dormir una siesta sobre la arena , continué paso a paso. 

Cuando baja la marea en las playas de la ciudad, se forma una leve pendiente en la arena. En ese momento no generó ningún inconveniente, pero a las pocas horas, cuando las piernas empezaron a sufrir el cansancio, se volvió complicado seguir avanzando sobre la misma superficie y debía descansar más seguido.

Tras visitar otra vez el Muelle Vergara, me topé con la enorme Playa El Sol. Había mucha gente ese sábado, por eso me desvié un poco para seguir caminando por la Avenida San Martín, que luego cambia de nombre a Jorge Montt. 

Primera y última vez en Reñaca

Mi recorrido a pie inevitablemente me llevó a la arena una vez más y acompañado de las olas seguí rumbo hasta Playa Marineros donde si o si tuve que regresar a la avenida para continuar. 

En la zona el terreno gana altura y fue por eso que exigí el cuerpo un poco más. Las vistas desde este punto son hermosas y mucha gente realiza el recorrido, por eso lo recomiendo sin lugar a dudas. 

Una vez superada la pequeña montaña de piedra, la vereda volvió a descender y a lo lejos noté que aparecía otra playa: Reñaca. 

Si bien no tuve la oportunidad de quedarme mucho tiempo, noté que ya era otro público. Los balnearios eran lujosos y los autos estacionados sobre la costanera muy costosos. Lo único que no cambió fue el paisaje, que nunca perdió su belleza.  

Una subida interminable

A estas alturas del día el reloj marcaba las 17. Momento ideal para seguir rumbo a las Dunas de Concón y ver el atardecer por segundo día consecutivo. 

Me quedaban por delante los últimos tres kilómetros y sinceramente pensé que iban a ser fáciles. No fue así. 

La playa se corta y, si estás caminando, lo más recomendable es atravesar la localidad de Reñaca para acceder directamente a Concón. El único detalle es que las cuadras comienzan a ganar mucha altura y cada paso cuesta más que el anterior. 

No hubo ningún inconveniente. Solo caminé más despacio de lo que tenía planificado y en un momento temí perderme el atardecer por no llegar a tiempo a las famosas dunas. 

En cuanto a los paisajes residenciales, eran realmente lujosos. Edificios enormes, avenidas anchas y autos superdeportivos que sonaban constantemente. Sin lugar a dudas estaba en el barrio más adinerado de Valparaíso. 

¡Llegué a las Dunas de Concón!

Después de comprarme una botella de agua para hidratarme, me topé con las dunas que me habían robado el corazón 24 horas antes. 

Subí la pendiente con las últimas energías que me quedaban y cuando llegué a la cima, pensando que iba a encontrarme con una excelente vista al mar, el cielo estaba completamente nublado. 

¿Conclusión? No pude gozar un atardecer similar al que disfruté el viernes porque el sol se ocultó en el mar y las nubes no se corrieron para que pueda verlo con claridad. 

Había soñado con cerrar mi viaje de esa manera pero no se pudo. Al contrario de lo que debés estar pensando, no me enojé ni tampoco me puse de mal humor. ¿Qué fue lo que pensé? Nada ocurre exactamente igual en dos ocasiones, por eso, hay que disfrutar cada segundo que la vida nos regala. 

Había que regresar…

Después de relajarme una vez más sobre la arena mientras cientos de pájaros realizaban un espectáculo en el cielo, inicié el viaje de regreso al hostel. Volví con ayuda del transporte público porque caminar diez kilómetros me había agotado. 

Desde las Dunas de Concón tomé un autobús hasta Viña del Mar. Ahí cené unas empanadas y me apuré para no perder el último servicio del metro con dirección al puerto. 

Me bajé en la Estación Francia, caminé hasta Casa Lastra y cerré el día en la hermosa terraza, mirando las estrellas y muy feliz por todo lo vivido. 

Hasta luego Chile

Esa fue mi última noche. Muy temprano por la mañana saludé a la mujer que me atendió en el hostel, le devolví el candado que me había prestado y emprendí la última caminata por Valparaíso rumbo a la terminal de ómnibus. 

Me subí al autobús y, con buena música en los auriculares, disfruté los paisajes de la ruta hasta que llegamos a Santiago de Chile. 

Las pocas horas que permanecí en la ciudad fueron destinadas a planificar el regreso a casa. Cuando estuvo todo preparado utilicé la línea 1 del metro para llegar a la Terminal Alameda, almorcé y compré un boleto para trasladarme hasta el Aeropuerto Internacional Arturo Merino Benítez. 

El avión despegó y en menos de 2 horas logró aterrizar en Buenos Aires. Así terminó esta aventura hermosa. Así terminó mi primer viaje solo.